Un viaje a Asia: Japón, Singapur y Kuala Lumpur en 12 días
El viaje a Asia comenzó como una posibilidad. Fer tenía muchas ganas de conocer Singapur, pero el vuelo desde San Diego es largo: más de 20 horas con escalas. Yo no conocía nada de Asia, así que sugerí hacer una parada de un par de días en Japón, lo cual acortaba el siguiente tramo a solo seis horas de vuelo. Como Fer ya había estado en Tokio, le pareció buena idea llevarme a conocer la ciudad. Así armamos el itinerario: Tokio → Singapur → Kuala Lumpur → Tokio.
El 1 de enero revisamos vuelos, y para la primera semana ya habíamos comprado los boletos. Ocho meses planeando el viaje... bueno, en realidad yo solo veía videos de TikTok sobre qué comer, mientras Fer se encargaba de absolutamente todo: vuelos, hoteles, transporte, el itinerario, ¡hasta el seguro de viaje! Es, sin duda, el mejor guía turístico.
Tokio: tecnología, orden y baños futuristas
Doce horas de vuelo nos separaban de Japón. Traté de relajarme para llegar con energía: vi tres películas, comí dos veces y logré dormir unas cuantas horas.
Llegamos al aeropuerto de Narita y nos dirigimos en metro a Asakusa. Hicimos check-in y salimos a caminar a orillas del río Sumida, desde donde se puede ver la Skytree iluminada y, por supuesto, la famosa “caquita dorada”. También visitamos el templo Sensoji. Nos tocó una noche calurosa con lluvia y relámpagos. Paramos en un 7/11 a comprar snacks y regresamos a descansar, sabiendo que el jet lag y las 16 horas de diferencia iban a cobrar factura (si no fuera por los milagrosos shots de jengibre con cúrcuma).
Al día siguiente nos alistamos para visitar la Torre de Tokio, que admiramos desde varios ángulos. Paseamos por Shibuya, cruzamos el famoso cruce peatonal, visitamos la plaza Hachikō, y recorrimos Harajuku, donde me sorprendió descubrir que aún existe Tower Records. Caminamos por Takeshita-dori, una calle llena de comida callejera, bebidas exóticas y tiendas curiosas —hasta cafeterías donde puedes convivir con puerquitos.
Después fuimos a Shinjuku, con sus tiendas de lujo, su barrio rojo, la cabeza de Godzilla, y las pantallas 3D del gato. Cenamos en el mejor lugar de sushi que he probado en mi vida. Entre el calor (¡37°C!), la humedad y las caminatas, terminamos el día con 28 mil pasos. Mi app marcaba 436% más actividad de lo normal. Me urgía un helado, agua, y parches para los pies y la ciática.
Pero al amanecer, me sentí como nueva. Compramos un sandwichito de huevo y atún con café, y lo disfrutamos sentados bajo un árbol frente a la estación de trenes de Tokio: un edificio histórico con cúpulas plateadas y techos que parecen caleidoscopios. Más tarde paseamos por Ginza, probamos mochi relleno de uva verde, y cenamos tempura en un pequeño local escondido. Esa noche nos alojamos cerca del aeropuerto y cenamos ñoquis en crema de calabaza, carne wagyu y gelatina de ajonjolí negro. Y no puedo dejar de mencionar los baños japoneses: con botones para todo —música ambiental, chorros de agua, secado, calefacción—, toda una experiencia de higiene y tecnología.
Tokio impresiona por su orden, limpieza, educación, puntualidad y modernidad. Todo está impecable.
Singapur: lujo, jardines y helados deliciosos
Volamos a Singapur en un vuelo de 7 horas. Ilusos, pensamos que nos darían comida. No nos ofrecieron ni agua. Terminamos comprando unas Pringles y una sopita Nissin… que sorprendentemente estaba deliciosa.
Aterrizamos en el aeropuerto de Changi, y lo primero que vimos fue la majestuosa cascada "Jewel", ubicada dentro de la Terminal 1. Este aeropuerto tiene cuatro terminales, jardines interiores, salas de cine, robots que recogen bandejas, toboganes, brincolines, tiendas de lujo, y lavabos con agua fría y caliente. Tomamos el metro directo al centro por un precio muy accesible. Aquí no necesitas tarjeta especial: con tu tarjeta bancaria puedes hacer "tap" y listo.
Nuestro hotel estaba a dos cuadras del parque del río Quay y a 15 minutos caminando del Marina Bay Sands. Caminamos a orillas del río, comimos helado de elotee, vainilla y de melón con leche de Hokkaido, recorrimos Chinatown, los Jardines de la Bahía, el parque Fort Canning (donde nos metimos al famoso "árbol túnel") y nos colamos discretamente al Marina Bay Sands para disfrutar las vistas desde el piso 57.
La gastronomía local es una mezcla de sabores hindúes, árabes y chinos. Todo muy condimentado, frito, y con mariscos gigantes. En la noche fuimos a una terraza para ver el show de luces desde lo alto, mientras comíamos burrata espumada con miel y cítricos, aceitunas especiadas y pita chips.
Para donde voltearás a ver habría una imagen para capturar, y debo confesar que ninguna fotografía le hace justicia a lo hermoso que es. Singapur es elegante, moderno, limpio, lleno de espacios verdes y vigilancia (hasta drones). Aquí no puedes ni mascar chicle. Pero ese orden también lo hace seguro y limpio.
Kuala Lumpur: contrastes culturales y torres infinitas
La última parada fue Kuala Lumpur. Esta ciudad mezcla lo moderno con lo tradicional. Las Torres Petronas, con 88 pisos, son imponentes por fuera y lujosas por dentro, con restaurantes y tiendas de grandes marcas.
Paseamos por mercados como Jalan Petaling y Jalan Alor, llenos de productos "de marca" y aromas únicos. Caminamos por el puente Lintasan Saloma, el parque KLCC, y vimos esculturas gigantes de ballenas metálicas. Desde la alberca en el piso 56, con vistas a las Petronas y a la torre Merdeka 118, cerramos el día descansando los pies.
Un detalle incómodo: muchos hombres musulmanes no me dirigían la palabra directamente, y entender su inglés con acento local fue un reto.
Regreso a Tokio y reflexiones finales
De regreso a Japón, visitamos Akihabara, el puente Hijiri, el parque Ueno, el mercado Ameyoko (donde probé un helado de ajonjolí negro) y recorrimos una vez más el río Sumida. Terminamos el viaje justo donde lo comenzamos, solo que esta vez, de día.
Mientras que en Japón todo es puntual, te transportas en metro con una tarjeta que puede recargar con yenes, Singapur es práctica, te evita estar comprando tarjetas y te da la opción de pagar el metro, autobús o grab (uber) por precios realmente económicos con tu tarjeta de crédito con un simple “TAP”, mientras que en Kuala Lumpur, puedes usar el taxi, grab que son económicos, o bien el metro que se paga con una máquina que te da fichas como de damas chinas.
Yo no podía evitar comparar con mi ciudad: Tijuana. Para muchos quizás tienen la virtud de vivir en una ciudad/país donde existen áreas verdes, cascadas, fuentes, ríos o playas limpias, espacios seguros, iluminados, con buen transporte público, pero mi ciudad no lo es, es todo lo contrario. Por eso es por lo que cuando uno sale de su entorno aprecia cosas que sus habitantes ya no lo valoran y lo dan por sentado. Mi Tijuana tiene la mejor gastronomía sin duda, pero también se ve lo cara que es y lo mal estructurada, tenemos más de 1 año queriendo renovar un malecón, hacer puentes para evitar el tráfico, y en estos países se reconstruyó en su totalidad por completo edificios con albercas flotantes, puentes, y estructuras que soportan temblores, tormentas, y no se inundan.
Japón es orden y silencio. Singapur es lujo y limpieza. Kuala Lumpur es caos multicultural. Cada ciudad tiene su encanto y contraste.
Fueron 12 días intensos, con ampollas, ciática, lentes perdidos, errores graciosos (como pensar que habíamos perdido los pasaportes... ¡y tenerlos en la mano!) y cansancio. Pero también hubo risas, paisajes inolvidables, templos, comida deliciosa, baños de lujo y buenas compras.
Fer me decía cada vez que entraba a un baño japonés:
—¿Otra vez? Por favor, no pongas la música, ¡tenemos lugares por recorrer!
Y bueno, como olvidar cuando sirvió leche al bote de basura pensando que era su café.
Viajar es eso: perderse un poco para encontrarse, y coleccionar historias que no caben en una sola maleta.